Y comieron perdices

 Valera, J. (2005). Pepita Jiménez. El País, Clásicos españoles

En contra de mis pronósticos, Doña Pepita no es un mal libro. Me echaba para atrás el hecho de que fuera novela epistolar: "nada puede ir bien", pensé. Me equivoqué: su lectura es agradable y bastante entretenida.

También en contra de mis expectativas, en esta obra, el protagonista es el amor, ¡por fin! Aunque, en un primer momento, el amor (humano) que se nos presenta es el amor "incestuoso" al que acostumbramos en estas últimas lecturas. Luis (22 años) está enamorado de Pepita (20), prometida de su padre, don Pedro (55). Pero, para un mejor desarrollo de la historia, el compromiso no estaba cerrado.

Luis era un joven inexperto en las artes amatorias y seminarista. Insisto, seminarista, no clérigo. Se estaba preparando para ser misionero en lejanas tierras orientales porque no dudaba de su amor por Dios y sus ganas de ser su siervo.

Las dudas comienzan a surgir según conoce más a fondo a Pepita, según pasa tiempo con ella hasta que peca. 

Poco a poco, se da cuenta de que la ama. Este es un proceso largo: le cuesta admitirlo porque ello supone la pérdida de su mundo y su personalidad (hasta entonces siempre había tenido claro que sería clérigo) y, también, supone una traición a su padre (que pretendía a Pepita).

La realidad es que Luis vive en un mundo paralelo hasta para eso. Estaba preocupado porque su familia se enfureciera por sus sentimientos hacia Pepita, sobre todo su padre (que iba ser su futuro marido). ¡Nada más lejos de la realidad! De hecho, era el propio don Pedro el primer interesado en el enlace de su hijo con Pepita: "Sueño ya con verle casado. Me voy a remozar contemplando a la gentil pareja, unida por el amor. ¿Y cuando me den unos cuantos chiquillos? En vez de ir de misionero y de traerme de Australia o de Madagascar o de la India varios neófitos, con jetas de a palmo, negros como la tizna, o amarillos como el estezado y con ojos de mochuelo, ¿no será mejor que Luisito predique en casa, y me saque en abundancia una serie de catecumenillos rubios, sonrosados, con ojos como los de Pepita, y que parezcan querubines sin alas? ".

¡Nada que ver con la reacción del duque de Ferrara ni con la de Felipe II! Don Pedro es una persona comprensiva. Este final tan distinto -voy a pensar que- es fruto del desarrollo de la civilización.

Luis vive atormentado por el choque entre amor divino y amor humano que está sufriendo. Finalmente, vence el amor humano y concluye en que el amor perfecto es fruto de la unión entre el amor divino y el humano. Además, Luis llega a la conclusión de que hay muchas maneras de servir a Dios, así que da rienda suelta a su pasión juvenil. 

¡Por fin un final feliz!

Después de todas las historias de amor truncadas y amantes muertos que llevamos, los novios enamorados fueron felices y comieron perdices.

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