¿Locura o cadalso? ¿Por qué no ambos?
Schiller, F. (2012) Don Carlos, infante de España. Akal.
El Don Carlos de Schiller es una obra bastante misteriosa. Todo lo que parece ser obvio resulta ser interpretación del lector, pues el texto esconde una realidad muy diferente y menos bonita.
Este drama se ambienta en la corte de Felipe II (España, siglo XVI) y narra el camino que Don Carlos recorre rumbo "a la locura o al cadalso" (I, ii) y que termina siendo rumbo a ambos.
Si con Larra teníamos dudas sobre a qué movimiento adscribirlo, con Schiller -y con su Don Carlos- no hay ninguna. En ella vemos varias de las características principales del Romanticismo: ambientación en momentos pasados, revalorización de personajes olvidados (don Carlos de Austria, el protagonista), exaltación de la amistad (entre Poza y Carlos), reivindicación de la libertad (el conflicto de Flandes y la confrontación entre Poza y Felipe) y la persecución de un objetivo, una idea por la que se llega a dar la vida, siendo lo más importante intentarlo (Poza y su ansiada libertad).
Podría empezar hablando del amor incestuoso que siente Carlos por Isabel de Valois (esposa de su padre), el que es, precisamente el "camino (que) conduce a la locura o al cadalso" por ser castigado ya desde la Antigua Roma. Pero, prefiero dar otra visión.
Veamos, todo pasa por destacar el hecho de que Isabel de Valois era la tercera esposa de Felipe II, padre de Carlos; éste es su primogénito, fruto de su unión con su prima-hermana María Manuela de Portugal. Ergo, Isabel no era la madre de Carlos. Para más inri, existe el hecho de que Isabel primero estuvo comprometida con Carlos (de ahí esa idea que repite Carlos de que su padre le ha robado a la mujer, ignoremos el hecho de que ella es una persona y no un objeto), pues ambos tienen una la misma edad (nacidos en 1545). Isabel se terminó casando con Felipe (nacido en 1527) por la urgencia de un pacto entre Francia y España.
Destacando dicho hecho y metiendo en la ecuación al deseo, ¿qué problema había en que Carlos e Isabel dieran rienda suelta a su pasión? Hombre, para el rey, la Corte, la Iglesia y demás instituciones machistas y conservadoras había muchos problemas. Pero, ¿para Isabel? Entre el vejestorio, infiel (que alternaba entre la cama de Isabel de Osorio y la de la princesa de Éboli) y déspota de su marido y el joven príncipe, ¿a quién elegiría para cumplir las pasiones de la carne? La respuesta sería fácil si no fuera porque Carlos estaba más desquiciado que un universitario en época de exámenes y la endogamia (sus padres y sus abuelos primos-hermanos, sus bisabuelos primos segundos) se había cebado con él: violador descontrolado y chepudo ¡quién da más! Vale, su sobrino-nieto, Carlos II, saldrá mucho peor parado, aunque, él, al menos será buena gente.
Disculpe por la digresión, mi admirado lector. Ya sé que la magia de las obras históricas de Schiller radica en que no sirven, ni de lejos, como libro de historia. Vuelvo al cauce de esta historia en la que tenemos dos hombres con un mismo destino, una misma mujer. Aquí entra en juego la que he elegido como banda sonora del libro: Dos hombres y un destino, de David Bustamante. Hombre, no me puede negar que no se imagina (porque yo sí lo hago) en los jardines del Palacio Real de Aranjuez a Carlos cantando "Ella tiene todo lo que siempre soñé, es la chica que busqué, es la chispa de mi piel, mi primer amor, mi primera vez", a Felipe respondiéndole "Ella es el regalo que tanto esperé/cuando no pensaba ya,/el volverme a enamorar./Ella es como el Sol de otro amanecer" y ambos a coro "Por el amor de esa mujer/ somos dos hombres con un mismo destino./ Y aunque me digas que ella es para ti/ y aunque seas mi hijo-padre, lucharé". ¿Muy loco, no?
Lo que forma parte de la realidad es que la relación entre Felipe y Carlos casi fue inexistente: "No sé lo que significa tener un padre: yo soy el hijo del rey" (I,ii). Felipe no pasó tiempo con su hijo, ni se involucró en su crianza y ni siquiera lo llegó a apreciar. No le permitía manifestar muestras de cariño hacia él y llegaba a ordenar que le propinaran castigos físicos.
En lo que respecta a su padre, Carlos es tajante: "Háblame de todos los horrores de la conciencia, pero no me menciones a mi padre", poco más se puede decir a eso. Sobre si lo odia, dice: "No odio a mi padre, pero al oír su terrible nombre me invade el temor y la angustia del delincuente".
Este es el momento (toda la lectura del drama, en general, con los comportamientos déspotas del rey) en el que doy gracias a la vida porque mi padre no sea como Felipe II: ni el hombre más poderoso de la cristiandad, ni autárquico, ni mal padre. En definitiva, de que me quiera.
Esta relación se vio empeorada (si era posible) por los sucesos relacionados con Isabel de Valois. Felipe se entera del "romance" (inexistente) entre los jóvenes por infundios (las cartas) del duque de Alba, Éboli y Domingo; de ellos tres, al que no le interesaba la caída de Carlos, le interesaba la de Isabel ¡qué casualidad!
Felipe empieza a sentirse solo en su corte. No tiene en quién confiar, pues se da cuenta de que nadie es sincero a su al rededor: todos son unos aduladores que buscan sus favores. Revisando unas listas, encuentra el nombre de Rodrigo de Poza, un caballero que realizó importantes hazañas bélicas y del que no tenía conocimiento. Así que, lo hace llamar.
Se produce un corte narrativo en III, x que da lugar a una a parte desconcertante (de hecho, por culpa de ella Schiller se ve en la obligación de escribir sus Cartas). Lo más significativo es el cambio de carácter de Poza, que dice de su amigo "no escuchéis a este loco" (IV, xvi) y ayuda en su prendimiento. Sin embargo, termina sacrificándose "por él": hace ver al rey que el supuesto amante de la reina es él (por lo que lo asesina a Poza y no a Carlos).
No obstante, debemos detenernos en III, x: el momento clave. En esta escena, se produce en choque de los dos mundos representados en este drama: el absolutista y conservador de Felipe II y el liberal de Poza, un humanista enemigo de las guerras que tiene claro que "el siglo no está maduro para (su) ideal" y que es un "ciudadano de siglos venideros").
Uno de los principales puntos que tratan es la política pacificadora de Felipe II, quien soluciona los conflictos con guerras y duras represiones. Se trata, pues, de una paz muy sanguinaria de la que el monarca se siente orgulloso: "Contemplad mi España. Aquí los ciudadanos son felices disfrutando de una paz inalterable". A lo que replica ipso facto Poza: "¡La paz de un cementerio!". En definitiva, un choque de trenes inevitable.
El excelente amigo que nos parecía Poza resulta ser una quimera. En realidad, el marqués don Rodrigo de Poza es un personaje que casi podríamos tildar de maquiavélico. Todas sus acciones (comportamientos, conversaciones) responden a un plan maquinado y organizado en su cabeza cuyo objetivo era la instauración del liberalismo (la ansiada libertad de los románticos). Para desempeñarlo con éxito, se sirve de todos los personajes (Isabel, Carlos, Felipe, duque de Alba, Domingo) como simples peones a los que no le importa lo más mínimo sacrificar.

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