El peor de los mundos posibles
Voltaire. (1999). Cándido o el optimismo. Unidad Editorial, Bibliotecas El Mundo.
"Cándido" (DRAE): 1. adj. Ingenuo, que no tiene malicia ni doblez.
Querido lector, ¿alguna vez ha escuchado este término? ¿Alguna vez le han dicho que es un cándido, que peca de candidez? Esperemos que la respuesta a la segunda pregunta sea negativa, de lo contrario le habrán dicho que de bueno es tonto (no pasa nada si ese es el caso, yo soy la primera que peca de candidez).
Pues bien, la designación arbitraria del significado de este término es cosa de Voltaire, filósofo francés del siglo XVIII y símbolo de la Ilustración. Él creó a Cándido (protagonista de este libro), un personaje bueno por naturaleza. Aunque, si le preguntaran sobre Cándido, él siempre diría que no tiene nada que ver.
¿Por qué Voltaire iba a negar la realización de una de sus obras maestras? Fácil, por la Inquisición. Voltaire, un deísta (que no católico), que en su obra critica a la Iglesia, ¿cómo no iba a tener problemas con la institución?
Sin más preámbulos, ¡introduzcámonos en esta "bonita" historia! ¡Conozcamos a Cándido!
Es esencial conocer los principios de la Ilustración para entender lo que escribe Voltaire y el por qué lo hace. No se preocupe, conforme vaya hablando de la obra irán saliendo y los explicaré, como buen intento de filósofa que soy.
Sin la filosofía nos perderíamos el trasfondo del mundo (de los comportamientos, de las actitudes, de las decisiones y de las actuaciones). Pero no nacemos aprendidos, alguien nos la tiene que enseñar. Qué sería de nosotros sin nuestros profes de filo, sin ese alguien que adopte esa actitud paternalista ilustrada con nosotros. Yo dedico esta entrada al mío.
Efectivamente, los ilustrados eran paternalistas, demasiado pedagógicos. Se creían con poder sobre sus discípulos y -dicho sea de paso- con la verdad absoluta. Este es el caso de Pangloss, el maestro de Cándido, que insiste en defender que este es el mejor de los mundos posibles y en dejar clara esta idea a sus discípulos. Así es que Cándido cree fervorosamente en ello y es reticente a ver la realidad (bueno, mi realidad), que este es cualquier cosa menos el mejor de los mundos posibles.
Cándido vivía sin sobresaltos en el castillo del barón de Thunder-ten-tronck en Westfalia, el mejor lugar del mundo (defendía Pangloss). Pero su pecado (besar a Cunegunda) hace que lo expulsen del idílico lugar (relacionado con el Paraíso bíblico) y que se vea obligado a entrar en el mundo científico (en el de la verdad para desarrollar su autonomía individual; ambos conceptos propios de la Ilustración). Cándido sufrirá el choque entre ambos mundos (recibe una ostia de realidad, que se dice vulgarmente) al descubrir que la maldad existe y que es algo muy común.
El relato adopta un ritmo vertiginoso: se suceden rápidamente capítulos y escenas. En una páginas coges cariño a un personaje y en la siguiente se muere, o parece morirse (porque reaparece y vuelve a desaparecer, para volver a aparecer capítulos después).
Cándido pasa innumerables penurias en los lugares más recónditos del mundo. Sin embargo, si saber cómo, siempre aparece alguien que lo ayuda (el rey de los búlgaros, el anabaptista Santiago, la vieja, etc.). Siempre que lo creemos al borde de la muerte (con un pie en la tumba, que se suele decir) se salva, ¿serán sus ganas de vivir lo que lo mantienen a salvo?
Es cierto que en esta obra hay una apología a la vida. En especial, me gustaría destacar unas palabras de la vieja sobre la vida y el suicidio (capítulo XII): "He querido matarme cientos de veces pero todavía y a pesar de todo amo la vida"; "¿hay cosa más necia que empeñarse en cargar continuamente con un fardo que uno puede arrojar cuando quiera, tener horror de la propia existencia y querer vivir (...)?".
Sin embargo, lo que mantiene a Cándido con vida es su amor por Cunegunda, las ganas de reencontrarse con ella. Este es, de hecho, el motivo por el que abandona Eldorado (con certeza el mejor de los mundos posibles). En efecto, cuando cree a Cunegunda muerta, porque no estaba en Venecia esperándolo, quiere morir (capítulo XXIV): "No cabe duda. Cunegunda ha muerto y a mí solo me resta morir".
La crítica a la Iglesia, sus instituciones y costumbres es palpable. Los ilustrados defendían la división de los poderes (político y judicial) respecto del religioso (estrechamente vinculado a las supersticiones, que también critican). El mejor ejemplo de esta crítica lo encontramos en el capítulo VI, cuando, en Lisboa, las autoridades deciden realizar un acto de fe para calmar a Dios y que el terremoto cese. Los hombres ajusticiados son un ladrón y Pangloss (por "hereje"), considerando los términos "delincuente" y "pecador" como sinónimos.
Otra de las principales críticas a la Iglesia la vemos en el capítulo XIV, en Paraguay. En este caso, el problema es de índole económica. Junto a la nobleza, el clero representa el estrato de privilegiados del Antiguo Régimen. Son esas alimañas que impiden el desarrollo del pueblo al acaparar toda la riqueza, la cual obtienen exprimiendo al pueblo (con impuestos y trabajos). "Los curas lo poseen todo; los pueblos, nada", dijo Cacambo (ayuda de cámara de Cándido).
Finalmente, Cándido llega a Constantinopla y establece allí su jardín. En él, todos trabajan: Cándido cultiva, Cunegunda es pastelera, la vieja se encargaba de la colada, Paquita bordaba y Alelí era carpintero. Este "jradín-obrero" es una parábola laica. También es una crítica a la Religión, pues esta rechaza el trabajo al tratarse del pago de los hombres por el Pecado Original.
Precisamente, uno de los ideales defendidos por la Ilustración es la reivindicación del trabajo (la idea de lo útil frente a lo lujoso). En este momento (capítulo XXX), Pangloss dice "el hombre no ha nacido para el ocio" y el filósofo Martín define "Trabajaremos sin discutir (...) es el único medio de hacer la vida tolerable".
De hecho, cuando el hermano de Cunegunda (barón y clérigo, ergo representa nobleza y religión) intenta acompañarlos en su viaje, no lo dejan, de hecho, se deshacen de él (simbolizando la necesidad de deshacerse de la nobleza y del clero, de esas lacras sociales).
A fin de cuentas, mi querido Enol BC tiene razón: "ser clase media-baja mami es una bendición" (Swaroski).

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