Injusta justicia
De las Casas, F.B. (1982). Brevísima relación de la destrucción de las Indias. Cátedra
A veces, te toca dejar entrar a tu vida ciertas lecturas complicadas. Aquellas que somos reticentes a leer por el miedo a que nos desmonten nuestras creencias, las que nos llevan acompañando toda la vida. En una sola semana, toda nuestra vida anterior habrá cambiado para siempre.
Pero hay que tener la valentía de dejarlas entrar porque, aunque en la ignorancia se viva muy bien, una no se puede conformar con una vida simple e intrascendente.
Para estos casos, lo mejor es la Brevísima relación de Fray Bartolomé. En ella, el fraile dominico le narra a Carlos I las atrocidades que los conquistadores españoles estaban haciendo en el nuevo continente «avasallando a gentes inocentes».
Una cosa sorprendente, muy sorprendente, es el hecho de que haya reunido la valentía suficiente para denunciar ante el rey todos los crímenes que se estaban perpetuando. Ya es sorprendente encontrar por aquellas tierras un español con principios y con corazón que no abusara de los nativos, que también los denunciara ¡un imposible! Lo que lo ha ayudado a reunir la valentía necesaria es la esperanza, pues -como él dice- «(de los males que se padecen) no ser otra la causa sino carecer los reyes de la noticia dellos». Pero la gravedad del asunto es mucho mayor, pues el emperador es su única esperanza, la última oportunidad de salvar América: «si en breve Su Majestad no estorba aquellas infernales obras, no quedará hombre vivo ninguno».
Lo cierto es que la lectura de esta obra es impactante: hace que te pongas de mal humor y que se te rompa el corazón en pedazos por el gran dolor que te hace sentir. Cuando empieza a relatar lo sucedido sufres porque sabes que no es ficción, y eso es lo peor. Te impresionas, una vez más, por los límites insospechados que alcanza la crueldad humana. Los conquistadores fueron en busca de oro y riqueza, teniendo como único propósito el alcanzar la gloria: «la causa porque han muerto y destruido tantas y tales y tan infinito número de ánimas los cristianos, ha sido solamente por tener por su fin último el oro y henchirse de riquezas en muy breves días y subir a estados muy altos». Como suele ser habitual, el poderoso hace su fortuna pisoteando al humilde y olvidándose de que es una persona. Nos dice De las Casas que los españoles no han tratado a los nativos como a animales (pues a estos se les respeta, se les da de comer, etc.), si no «menos que estiércol». Nada más que añadir.
De las Casas relata detalladamente muchos de los actos tiránicos cometidos. Siempre se repetía el mismo patrón: entraban a los pueblos para saquearlos (robar comida y violar mujeres) como paso previo a incendiarlos (quemando vivos a sus habitantes). En algunos casos, los nativos se rebelaban y se levantaban en armas contra los conquistadores. Estas eran unas guerras muy desequilibradas: poco podían hacer con su material defensivo poco desarrollado (juegos de cañas) contra la tecnología castellana (caballos, espadas, lanzas, arcabuces, etc.). Quienes sobrevivían a dichos combates eran esclavizados «oprimiéndolos con la más dura, horrible y áspera servidumbre en que jamás hombres ni bestias pudieron ser puestas», pues morían de hambre o agotamiento (eso si no eran asesinados como diversión).
Además, relata las torturas que se llevaron a cabo (algunas como método represivo, otras por saber dónde encontrar más oro y otras por diversión). Se hicieron a fuego lento señores en la parrilla para que revelaran dónde había más oro: un método de tortura que consiste en matar a una persona lentamente ya que se quema viva muy despacio; este ya fue utilizado por los romanos, pues es el martirio de San Lorenzo (lo de divertirnos con el dolor ajeno nos viene de herencia). No sólo ese método se imitó de Roma. En el circo, los leones devoraban a cristianos. En la Hispanoamérica del XVI los nativos eran arrojados a perros salvajes, los cuales habían sido adiestrados para despedazarlos y devorarlos. Los perros fueron unos grandes protagonistas de la conquista, ya que, para darles de comer, se amputaron brazos y piernas de bebés. Este es uno de los pasajes que recuerdo con más dolor y repugnancia: ¡desmembrar bebés para que sus miembros fueran comida de perro!
En este catálogo de atrocidades, también tenemos humillaciones. Como castigo se cortaron narices, lenguas, orejas y manos de nativos sin duelo. Luego estaba el castigo superior (con el que casi vomito, por cierto): dejar la cara rasa (cortar nariz y labios).
Me gustaría destacar dos casos concretos, uno porque me ha hecho experimentar una catarsis (en eso han convertido la fe) y la otra porque me ha sorprendido (cuando piensas que no puede ir peor, la vida te sorprende).
El primero es el del cacique Hatuey, quien huyó de La Española y fue capturado en Cuba. Él propuso a su pueblo que adoraran a Dios, creyendo que este haría que los españoles los dejaran vivir en paz («les mandará que no nos hagan mal»). Nada más lejos de la realidad: cuando los conquistadores llegaron a Cuba lo prendieron y quemaron vivo. Lo interesante viene momentos previos a que éste fuera quemado: cuando un sacerdote le habla de la fe cristiana con la intención de que la abrace en los momentos finales de su vida terrenal para poder ir al cielo. Entonces, él pregunta que si los cristianos van al cielo, el clérigo le dice que sí y él responde que él no quiere creer en Dios e ir al cielo, pues «no quería él ir allá sino al infierno, por no estar donde estuviesen y por no ver tan cruel gente». Me ha dejado con la boca abierta.
El segundo es el trato recibido por los esclavos de la Costa de las Perlas. Allí trabajan de sol a sol (nada nuevo) recolectando perlas, es decir, ¡pasan todo el día bajo el agua buceando para coger las perlas! Tienen pequeños momentos para descansar, pero si sobrepasan el tiempo estipulado son despertados a puñetazos y arrastrados al mar para seguir con su trabajo. En este caso, están expuestos a un riesgo adicional: no sólo mueren de hambre o de agotamiento, sino que también algunos mueren comidos por los tiburones.
Una larga lista de atrocidades cometidas en nombre de Dios por quienes se hacen llamar buenos cristianos y cuyos actos son todo lo contrario: «obras que acá obran, ni son de cristianos ni de hombres que tienen uso de razón sino de demonios». De las Casas insiste en que son unos demonios y lo lleva más allá, pues también los retrata como traidores de la patria: «En estas partes (...) no hay servidores de Dios ni de rey, sino traidores a su ley y a su rey». Unos hombres que por obtener riquezas se igualaron al mismísimo Dios: «los que solamente son reservados a Dios (...) deseos de venganza, odio y rencor».
No quiero concluir esta entrada sin hablar de Isabel la Católica y de la admiración que De las Casas siente por ella. La reina castellana «tenía grandísimo cuidado y admirable celo a la salvación y prosperidad de aquellas gentes» y, así fue que, durante su reinado, los nativos y sus territorios estaban protegidos: se destruyeron muy pocos territorios y se asesinaron a muy pocas personas (comparado con lo que vendrá después) y todo sin que la reina lo supiera. Ella fue una gran defensora de sus vidas, tal es su preocupación que hasta los incluyó en su testamento, exigiendo que fueran respetados: «No consientan ni den lugar que los indios reciban agravio alguno en sus personas y sus bienes, mas manden que sean bien y justamente tratados»
De las Casas para mí (como periodista y humanista) es ya un referente. Ante una injusticia que causaba la muerte de inocentes él no se quedó callado, sino que la denunció ante la autoridad competente (otra cosa es que ésta lo ignorara, como es habitual). Luchó por los derechos de todos. En términos periodísticos, escribió una crónica de la sociedad del momento, construyéndola a partir de su propia experiencia y de testimonios de otras personas (Hernán Cortés, Fray Juan Fernández de Angulo).
La lectura de esta obra ha cambiado mi vida, realmente. Me ha hecho tomar conciencia de lo que realmente sucedió, echando de mi pensamiento todas las falsas creencias que envuelven la leyenda que tiene como trasfondo la exaltación de un pueblo (la Historia la escriben los ganadores). Hay que llamar las cosas por su nombre y no esconderse utilizando tabús: CONQUISTA siempre quedará mejor (no dañará tantos egos españoles) que GENOCIDIO. Sin embargo, ¿qué es realmente? El propio De las Casas nos dice lo siguiente: «fueron a robar y a matar los que se llaman cristianos, aunque ellos dicen que van a poblar».

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